Josefina Zoraida V⁄zquez VERDADES Y MENTIRAS DE M…XICO

como el libro de David Pletcher, 3 junto a biograf™as noveladas, libros de divulgaciŠn y novelas como la de James Michener sobre la independencia de Tejas, utilizadas como si tuvieran el mismo valor. Es curioso que no mencione el libro de Jos” Mar™a Roa B⁄rcena, Recuerdos de la invasiŠn norteamericana, ni la


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28:Letras LibresMayo 2005Josefina Zoraida V‡zquezVERDADES Y MENTIRAS MƒXICO MUTILADOLas novelas con personajes hist—ricos suelen gustarle al pœblico lector, noobstante la desinformaci—n que puedan traer consigo. La historiadoraJosefina Zoraida V‡zquez analiza lo ocurrido con un bestsellersobre lapŽrdida de territorio mexicano, supuestamente a manos de Santa Anna.o sabr’a c—mo clasificar este libro.Aparenta ser unanovela basada en la vida ’ntima y pœblica de Antonio L—pez deSanta Anna, narrada por un testigo de los hechos que desembo-caron en la pŽrdida de territorio mexicano; pero el autor interpre-ta ese periodo hist—rico a todo lo largo del cuerpo de la novela. Para los his-toriadores mismos la empresa no es f‡cil, ya que es uno de losmomentos m‡s dram‡ticos y menos estudiados de nuestro pa-sado, tanto por la frustraci—n frente a la impotencia de MŽxicoante la injusta invasi—n norteamericana, como por la comple-jidad que acompa–— a la fundaci—n del Estado mexicano, tanimpregnada de los partidarismos contempor‡neos.Hace unas tres dŽcadas, estudios de historia econ—mica y novohispano hicieron que los historiadorescuestionaran la visi—n elaborada desde el siglo sobre las primeras dŽcadas de la vida nacional. Los historiadores se vieron forzados a romper con la tradici—n de separar la historiavirreinal de la nacional, viŽndola como una continuidad, y volver a los archivos para reconstruirla. De este proceso surgi—una historia m‡s coherente, que explica la vulnerabilidad queacompa–— al nacimiento del MŽxico independiente, afectadopor medio siglo de continuos cambios. En el œltimo tercio del, los Borbones impulsaron unas reformas adminis-trativas y fiscales que afectaron profundamente la organizaci—n creada durante las dos primeras centurias del virreinato, que hab’a permitido el florecimiento de la Nueva Espa–a. Ya estre-, se sumaron los cambios implementados porla revoluci—n liberal espa–ola y las generadas en los once a–osPero eso no fue todo. Las crecientes demandas de la Coronaespa–ola hab’an descapitalizado a Nueva Espa–a, de manera que,antes de iniciarse la lucha independentista, el rico y pr—sperovirreinato estaba en bancarrota, como ha mostrado claramenteAs’, al iniciarse la Guerra de Independencia,la prosperidad se hab’a esfumado. Pero las consecuencias de lalarga lucha, que hizo perecer la mitad de la fuerza de trabajo, nos—lo dislocaron todas las ramas de la econom’a, sino que ter-minaron por desarticular la administraci—n y el cobro de los impuestos, lo que afect— la productividad que manten’a. Por tan-to, aunque la consumaci—n de la Independencia fue recibida congran optimismo, el nuevo Estado se fundaba sobre bases ende-bles, descapitalizado, con una econom’a estancada y cargado deuna deuda exorbitante. En situaci—n tan deplorable, forzado a
1Francisco Mart’n Moreno, MŽxico mutilado, Alfaguara, MŽxico, 2004.2Carlos Marichal, La bancarrota del virreinato / Nueva Espa–a y las finanzas del Imperio espa–ol1780-1810, Fondo de Cultura, MŽxico, Econ—mica, 1999.
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expulsar a los espa–oles de San Juan de Ulœa y a defenderse delos intentos de reconquista, aument— su deuda con dos prŽstamosingleses que se convirtieron en la pesadilla de todos los gobiernos.Al mismos tiempo, la aparici—n del libro de Alexander von Humboldt, que describ’a las riquezas y el potencial de la Nuevapotencias comerciales, convirtiendo a MŽxico en el pa’s m‡s amenazado del continente. Ese complejo contexto nacional einternacional dificult— el funcionamiento de los diversos expe-rimentos de gobierno: monarqu’a, repœblica y dictadura.Toda esta digresi—n s—lo intenta mostrar las dificultades queconlleva reinterpretar ese periodo. Las aportaciones de los his-toriadores han logrado desplazar a la llamada Òhistoria oficialÓ,que s—lo suscriben malos maestros y pol’ticos. No obstante, laera de las pŽrdidas ha quedado bastante relegada y por tantoarrastra inexactitudes y leyendas, sin reconocer la parte de culpa que nos corresponde como naci—n. Resulta m‡s f‡cil atribuirla a traiciones, tanto que es posible que, si Santa Annano hubiera existido, lo habr’amos inventado.Don Francisco Mart’n Moreno ley— parte de la bibliograf’amexicana y norteamericana sobre la guerra de Tejas y con Es-tados Unidos, con lo que logr— una visi—n general de los suce-sos, pero no alcanz— a comprender los mœltiples obst‡culos queenfrentaron los pobres mexicanos que los vivieron. Claro queser’a mucho pedirle al autor algo en lo que tambiŽn han fraca-sado muchos profesionales. Creemos que Moreno se complic—la vida, pues una novela no requer’a tanta informaci—n, ni ten’apor quŽ hilvanar una interpretaci—n propia con tan pocos elementos. Entre la bibliograf’a citada est‡n libros excelentes,como el libro de David Pletcher,junto a biograf’as noveladas,libros de divulgaci—n y novelas como la de James Michener sobre la independencia de Tejas, utilizadas como si tuvieran el mismo valor. Es curioso que no mencione el libro de JosŽ Mar’a Roa B‡rcena, Recuerdos de la invasi—n norteamericanaobra cl‡sica redactada en QuerŽtaro durante la ocupaci—n de laciudad de MŽxico por varios testigos de los hechos, y publica-Apuntes para la historia de la guerra entre MŽxicodos obras que le habr’an permitido acer-carse con mayor comprensi—n a los hechos.Creo que el autor de MŽxico mutiladohabr’a obtenido mejorresultado de haber seguido el camino de Leopoldo Zamora Plowes en su Quince U–as y Casanova aventurerossu trama con tanta informaci—n y adapt— al gŽnero picaresco lasorprendente carrera de Antonio L—pez de Santa Anna. Zamorase empap— durante largos a–os con la lectura de historias, des-cripciones y novelas contempor‡neas al mismo periodo, lo quelo familiariz— con las ciudades y rincones de ese MŽxico en tran-sici—n, y le permiti— retratar la sociedad en toda su variedad,desde los miserables bur—cratas y soldados, siempre en vilo porla falta de pago y los cambios pol’ticos, hasta los nuevos ricos, ydel clŽrigo c’nico, glot—n pero compasivo, al capit‡n multiusosque lo mismo serv’a puestos de gobierno o asaltaba caminos cuando quedaba fuera del presupuesto. Zamora se refiri— a loshechos de paso y para aclarar o presentar personas y lugares, in-cluy— unas sustanciosas citas, al fin de cada cap’tulo, que resultanœtiles hasta para los historiadores. El libro resulta entretenido,aunque no estemos de acuerdo con la visi—n que refleja.Moreno opt— por ofrecer su versi—n de los hechos e inclusotratar de comprobarla con unas citas y una bibliograf’a que nologran cumplir con las exigencias del caso. El autor se toma libertades literarias, lo que es comprensible, pero intenta probarlas; adem‡s, se empe–a en narrar no s—lo la complicadahistoria del MŽxico de esa Žpoca, sino tambiŽn la norteameri-cana contempor‡nea, lo cual multiplica los errores, naturales porlas fuentes utilizadas. Lo peor es que eso afect— la trama, quemuchas veces se pierde en medio de tanta informaci—n. Es posible que eso haya hecho comentar a Germ‡n Dehesa, en lapresentaci—n del libro, que tanta informaci—n hab’a da–ado Òelcoeficiente estŽtico de la narraci—nÓ.En su advertencia inicial y su breve pr—logo, el autor confie-sa que fue la rabia que le despertaron las pŽrdidas de territoriomexicano la que lo llev— a escribir el libro. Ello es comprensible,pero el m—vil es inconveniente para reconstruir los hechos, pues la ira obstaculiza la comprensi—n, tal y como le sucedi— ala historia oficial con el resentimiento. Moreno quiere desmentirque la contundente derrota la produjo la inferioridad militar, y la atribuye a Òuna cadena de traiciones sin nombre, tanto porparte de los militares como de los pol’ticos y de la iglesia cat—-licaÓ (p. 10).No cabe duda de que el General veracruzano es dif’cil de juz-gar, pues, amŽn de sus pecados, est‡ lleno de contradicciones.No es posible defenderlo, pero tampoco hay que atribuirle lasculpas de la transici—n y de la general falta de experiencia parala dif’cil empresa de fundar un Estado. Santa Anna era igno-rante, irresponsable, corrupto y pŽsimo general, pero un buensoldado que, a su entender y con sus limitaciones, quiso servira su patria. Sus paisanos fueron sus fieles seguidores, porque loscomprend’a y los apoyaba en sus necesidades, tanto en el ejŽr-lo que le permiti— organizar ejŽrcitos, sin recursos, varias veces.Lo consideramos cobarde porque firm— los tratados de Velascoen un contexto en que se clamaba por lincharlo, pero olvidamosque permaneci— en Tejas largos meses, encarcelado y con gri-lletes. Su personalidad contradictoria lo llevaba, segœn variostestimonios, a exponerse en las batallas, al tiempo que su narci-
3David Pletcher, The Diplomacy of Annexation / Texas, Oregon and the Mexican WarMissouri University Press, 1973. [N. de la R.- Hay versi—n espa–ola: David Pletcher, plomacia de la anexi—n / Texas, Oreg—n y la Guerra de 1847, trad. Jorge Brash, MŽxico, UniversidadVeracruzana y Fundaci—n MŽxico-EE.UU., 1999, 2 vv.]4Es una l‡stima que no la haya utilizado, dado que los autores en la advertencia afirman susesfuerzos por ser objetivos, y tuvieron que equilibrar, entre las opiniones de parte de losque Òjuzgan con severidad la conducta del general Santa Anna [y] otras, exaltadas contralos vicios del ejŽrcito, as’ como individuos demasiado indulgentes con el uno y con losotrosÓ. Apuntes para la historia de la guerra entre MŽxico y los Estados Unidos. MŽxico1991, p. 33.
5ÒAnalizan un ÔMŽxico mutiladoÕ.Ó Reforma, ÒCulturaÓ, 17 de febrero, 2005.6Will Fowler, ÒLas propiedades veracruzanas de Santa AnnaÓ, Memorias de la Academia Mexi-cana de la Historia, , 2000, pp. 63-92.
30:Letras LibresMayo 2005sismo le imped’a atender los consejos de generales profesiona-les. De ese modo, tom— la decisi—n incorrecta de fortalecer eloriente de la ciudad, cuando su Estado Mayor pensaba que el general Winfield Scott atacar’a por el sur, como en efecto lohizo. El error m‡s imperdonable fue ordenar el retiro del campo de la Angostura durante el segundo d’a de la batalla, justific‡ndolo por la falta de agua y alimento, sin considerar que la œnica posibilidad de abastecerse estaba en Saltillo. Encambio, la decisi—n de atacar a Zachary Taylor en Saltillo, quehab’a ocupado, result— de la presi—n sobre el General veracru-zano por la prensa. Poco despuŽs de su llegada, Santa Anna seapresur— a partir hacia San Luis Potos’ para fortificarlo y disci-plinar y entrenar voluntarios. Pero la prensa de MŽxico se empe–— en acusarlo de traici—n o de gozar en esa ciudad de Òlasdelicias de CapuaÓ. Su amor propio lo llev— a avanzar hacia elnorte a enfrentar a Taylor, en lugar de dejar que Žste fuera elque cruzara la desŽrtica ruta.Sin duda, como lo afirma Moreno, Santa Anna disfrutabadel poder por razones fr’volas: recibir halagos y distinciones yrepartir favores; pero le fastidiaban los problemas nacionales,que esperaba que resolvieran sus ministros. Por eso no tardabaen solicitar permiso para atender sus dolencias en sus haciendas,desde donde se manten’a al tanto de la pol’tica. Esa manera deejercer el poder le permit’a hacer regresos estratŽgicos. Tales ausencias hicieron que el tiempo total de su gobierno fuera menor que el de Anastasio Bustamante. Tampoco fue el m‡s revoltoso, pues el general Mariano Paredes se pronunci— el mis-mo nœmero de veces, aunque s—lo una vez result— triunfante ypor apenas siete meses. Lo m‡s dif’cil de comprender es quemuchos lo consideraran indispensable para la defensa o la reconquista del orden. En 1846, desterrado en La Habana, lo llamaron los radicales comandados por Valent’n G—mez Far’as;partidos a volver para establecer un Ògobierno fuerteÓ. En Ve-racruz lo recibieron dos planes de gobierno: el del conservadorLucas Alam‡n era un proyecto para instaurar una transici—n dictatorial hacia la monarqu’a, mientras que el del puro MiguelLerdo de Tejada dise–aba un proyecto de desarrollo econ—mi-co y patrocinaba la fundaci—n del Ministerio de Fomento.Aunque el principal apoyo de Santa Anna fue el ejŽrcito, cont— con el de los comerciantes del puerto de Veracruz, de lostabacaleros y algodoneros de ese Estado y, especialmente de losusureros; su irresponsabilidad lo llevaba a aceptar prŽstamos encondiciones ruinosas. Pero si analizamos con lupa a los que hemos exceptuado de sus pecados, advertiremos su lado oscuro.As’ el monarquista, iturbidista, republicano y conspirador profesional Valent’n G—mez Far’as, que gobern— dos veces como segundo de Santa Anna, favoreci— a los mismos usurerosy utiliz— la infamante Òley del casoÓ para desterrar a todos aque-llos que pod’an oponerse a la reforma liberal proyectada por losradicales en 1833. En 1846, a pesar de estar en guerra el pa’s, DonValent’n no dud— en promover un pronunciamiento para traera Santa Anna y restaurar la Constituci—n de 1824. El cambio degobierno, y la rebati–a de puestos de ayuntamientos, poderesestatales y federales que produjo, distrajeron la atenci—n de laguerra. Ese temor, precisamente, hab’a hecho al federalista JosŽJoaqu’n de Herrera conformarse con promover reformas en 1845. Por cierto, hay que aclarar que Herrera no le madrug— el poder a Mariano Paredes (p. 100). El 6 de diciembre de 1844 el Congreso, apoyado por el Poder Judicial, desafor— a Santa An-na y a Valent’n Canalizo (propietario y sustituto del Ejecutivo)y, de acuerdo con la Constituci—n vigente (las Bases Org‡nicas),Herrera, como presidente del Consejo de Gobierno, asumi— elEjecutivo provisionalmente.El federalismo mexicano de la Constituci—n de 1824, en 1846,dej— al gobierno federal sin facultades fiscales, pues la reservabaa los estados, que colaboraron poco a la defensa.Al gobiernonacional se le reservaban los cobros de las aduanas, pero, al quedar en manos de los norteamericanos, no tardaron en La forma en que el libro retrata a la sociedad y a la Iglesia resulta casi grotesca. Sin duda las dos requer’an una reforma,Josefina Zoraida V‡zquez: Verdades y mentiras de ƒXICOMUTILADO
7Carlos Rodr’guez Venegas, ÒLas finanzas pœblicas y la guerra con Estados Unidos, 1846-1848Ó. Josefina Zoraida V‡zquez, MŽxico al tiempo de su guerra con Estados Unidos (1846-1848)MŽxico, FCE, 1997, pp. 104-133. Ilustraci—n: LETRAS LIBRES / Luis Pombo
Mayo 2005Letras Libres:31pero Moreno deb’a recordar que todo lo humano alberga a buenos y malos. Gran parte de la jerarqu’a eclesi‡stica era retar-dataria, pero ten’a distinguidos miembros progresistas y muchosmasones. Por estudios recientes y documentaci—n de archivo sabemos que no es posible afirmar que la Iglesia fuera Òaliadadel invasor, al igual que Santa AnnaÓ y que, por el contrario, colabor— en la defensa de diferentes maneras. La escasez de ca-pital l’quido era general, pero la Iglesia contaba con crŽdito. Escierto que la corporaci—n acumul— propiedades, casi todas ur-banas; posey— tambiŽn haciendas que fueron muy productivas,el considerarlas como bienes de Òmanos muertasÓ se refiere a sufalta de circulaci—n, tan necesaria para multiplicar la riqueza.En su af‡n de hacer historia, Moreno se remonta tambiŽn alintento de reforma del 1833, sobre el que hace afirmaciones la coacci—n en el pago del diezmo, pero entre los m‡s afectadosestuvieron los gobiernos estatales, que recib’an un porcentajede su cobro y, como favorec’a a los hacendados, el decreto nunca se revoc—. Los obispos suscribieron ÒrepresentacionesÓ,por medios legales, contra las medidas anticlericales, pero s—loresistieron las reformas que afectaban las Òpotestades espiri-tualesÓ (como la ocupaci—n de curatos y cargos vacantes).Porotra parte, es bueno recordar que buena parte de la riqueza dela Iglesia, hasta la aplicaci—n de las Leyes de Reforma, prove’ala mayor’a de los servicios sociales (asilos, orfanatos, escuelas,hospitales, cementerios).Adentrado en las haza–as santanistas, Moreno tambiŽn men-ciona los acontecimientos de 1835 y el ataque a ÒZacatecas poroponerse a la Repœblica centralizadaÓ. El malentendido es to-tal, pues el ataque no tuvo lugar ante la deserci—n de la miliciay la huida de su comandante y el gobernador. Santa Anna sim-plemente ocup— la ciudad. Por otra parte, Zacatecas no resist’ael centralismo, sino que, junto a Coahuila y Tejas, desafiaba eldecreto aprobado por el Congreso Nacional el 31 de marzo de1835, que reduc’a la milicia c’vica. No fue sino en junio cuandoen el Congreso se empez— a plantear la posibilidad de adoptarel rŽgimen centralista, justificado por el desaf’o zacatecano y elmovimiento de independencia de Tejas, que parec’an darle laraz—n a los que pensaban que el federalismo estaba en caminode fragmentar la Repœblica. Moreno atribuye la rebeli—n tejanaal centralismo y a la erecci—n de aduanas. Los tejanos, en su declaraci—n de independencia, se quejaron de tiran’a militar, deintolerancia religiosa y del centralismo, pero las verdaderas razones fueron la apertura de la aduana y la esclavitud que, porlas leyes del Estado y de la Repœblica, estaba destinada a desa-parecer. Al quejarse de intolerancia, se olvidaron de que hab’anentrado como cat—licos y hab’an gozado de privilegios que noten’an otros mexicanos, pues hab’an recibido tierra casi gratis,ya que, a diferencia de Estados Unidos, que hab’a utilizado laventa de bald’os para sanear su hacienda pœblica, MŽxico de-cidi— otorgar enormes concesiones de tierras para poblarlas.Moreno hace gran uso de libros de difusi—n que privilegianlas anŽcdotas, lo que parece apropiado para una novela, pero nopara su fin de contar Òla verdadera historiaÓ. A veces sus citasdesmientan sus afirmaciones, como cuando el autor atribuye eldeplorable levantamiento de los polkos al periodista MosesBeach, el agente enviado por Polk a MŽxico para asegurarle a lajerarqu’a eclesi‡stica que Estados Unidos respetar’a sus propie-dades, citando a Pletcher y a Merk que mencionan el fracaso dela misi—n de Beach, quien tuvo que salir huyendo. Por fuentesdocumentales sabemos que el levantamiento lo organizaron losfederalistas moderados, opositores del vicepresidente G—mez Far’as, quien ejerc’a la presidencia en ausencia de Santa Anna.Los moderados consideraban que la salida de G—mez Far’as delgobierno era indispensable para la defensa del pa’s, ya que suradicalismo divid’a a la naci—n.Aunque Polk estaba dispuesto a apoderarse del territorio mexicano, prefer’a evitar la guerra para evitar costos materialesy morales. Por eso no dud— en explorar todo camino que lo lograra. Uno fue enviar un ministro plenipotenciario con di-ferentes ofertas de compra, pero el gobierno mexicano no lo recibi— por falta de credenciales apropiadas. TambiŽn intent—visitas del coronel Atocha y el agente Alexander Slidell Mac-kenzie a Santa Anna en La Habana. El veracruzano parece haber actuado como t’pico vivillo. Sab’a que las costas estabanbloqueadas por la flota de Estados Unidos, circunstancia quele imped’a cruzar si no se compromet’a a facilitar la firma deun tratado de paz ÒfavorableÓ; lo que no se ha podido compro-bar es que lo cumpliera. Cuando las huestes norteamericanasestaban en el Valle de MŽxico, Santa Anna acept— un sobornode Trist y Scott, pero el mismo Pletcher reconoce que lo hizopara ganar tiempo para la defensa de la ciudad. De todas ma-neras, como el acuerdo hecho en La Habana con Mackenzie se filtr— a la prensa, la noticia despert— la desconfianza en elpresidente y comandante general del ejŽrcito, lo que vulner—contexto pol’tico mexicano, tan dividido. La Constituci—n de1824 (y, despuŽs de la guerra, la de 1857) manten’a al Legislativocomo el poder fundamental. Eso hac’a casi imposible un equi-librio de poderes que respondiera a la situaci—n del pa’s, puestoque estaba polarizado y, al terminar sus sesiones a mediados de1847, despuŽs de decretar que el Ejecutivo no podr’a firmar untratado de paz, dej— a Santa Anna solo ante la guerra.
8Pueden verse los documentos en la . MŽxico, Imprenta de Gal-
9Michael Costeloe encontr— un documento que registra las contribuciones para el levanta-miento, entre las que aparecen los nombres de algœn eclesi‡stico importante y de variosmayordomos de conventos, de lo que dedujo que la Iglesia estaba complicada, pero por di-versos testimonios de los participantes sabemos que fueron los moderados quienes come-tieron la imprudencia de organizar la revuelta.10ÒEl Congreso, dividido en bandos implacables, hab’a acabado por disolverse ... [y] por faltade nœmero no llegaba a ver reunida la asamblea ... los estados no obedecen al gobierno ge-neral; le niegan toda clase de recursos, oprimen a los pueblos con insoportables exaccionesque consumen en combatirse entre s’, como Aguascalientes y Zacatecas.Ó Despacho N
del Ministro de Espa–a en MŽxico, al Primer Secretario del Despacho de Estado. MŽxico,27 de julio de 1847. Relaciones Diplom‡ticas Hispano-Mexicanas, MŽxico, El Colegio de MŽxico,1868, vol. , p.126.
32:Letras LibresMayo 2005Josefina Zoraida V‡zquez: Verdades y mentiras de ƒXICOMUTILADOPara los historiadores especializados en el periodo, la derro-ta de MŽxico era del todo previsible. Para la dŽcada de 1840 elpa’s se encontraba en condiciones lastimosas: en bancarrota, conuna econom’a estancada, un ejŽrcito poco profesional, con armas obsoletas y una artiller’a de corto alcance que ten’a queenfrentarse a armas modern’simas y artiller’a de largo alcance.Desde las primeras batallas, esta asimetr’a desmoraliz— al ejŽrci-to, que no contaba con servicios mŽdicos ni de intendencia. ElejŽrcito iba seguido por las familias de los soldados, para alimen-tarlos y curarlos, lo que obstaculizaba el avance. La inferioridaddel ejŽrcito mexicano es indudable. El norteamericano era pe-que–o pero profesional, con armas modernas, bien abastecidoy con servicio hospitalario y hasta con salario. Estados Unidospudo movilizar varios ejŽrcitos para atacar simult‡neamente diversos frentes y, gracias a la inmigraci—n, cont— con miles devoluntarios que pod’a entrenar. El Septentri—n mexicano esta-ba pr‡cticamente despoblado y el pa’s, en su totalidad, ten’a latercera parte de poblaci—n que Estados Unidos, y su econom’aparalizada contrastaba con la din‡mica norteamericana.Por si fuera poco, el contexto internacional tambiŽn le fueadverso al pa’s. El gobierno mexicano cifr— su œnica esperanzaen que las pretensiones de Polk sobre el Oreg—n provocaranuna guerra con Gran Breta–a, misma que se esfum— al firmarseun acuerdo. Francia y Gran Breta–a, interesadas en detener laexpansi—n norteamericana, hab’an instado a MŽxico a reconocerTejas para evitar Òmayores pŽrdidasÓ, pero ningœn gobierno lohizo para no pagar el precio de la impopularidad de la medida,a pesar que desde 1840 los pol’ticos estaban convencidos de laimposibilidad de recuperar Tejas. Un grupo peque–o pero influ-yente cre’a que s—lo si se adoptaba la monarqu’a se obtendr’ael apoyo de Europa. Esta posibilidad la sobrevalu— el gobiernoespa–ol, conspirando para instaurarla, justo en v’speras de laguerra, lo que increment— la discordia nacional y dej— a MŽ-xico entre dos amenazas. El verdadero traidor, Mariano Pare-des y Arrillaga, comandante de la divisi—n de Reserva, acept—el proyecto monarquista y utiliz— el œnico ejŽrcito armado, uniformado y disciplinado con que el pa’s contaba para asaltarel poder, en lugar de obedecer la orden de marchar al norteamenazado.Casi no vale la pena se–alar los mœltiples errores que pre-senta el libro. Algunos son peque–os, como considerar cada vuelta de Santa Anna al ejercicio del Ejecutivo como una nuevapresidencia (p. 621). Tampoco es cierto que Santa Anna disol-viera el congreso de 1833 (p. 50). Canalizo orden— la disoluci—nen 1844, lo que result— en el desafuero de los dos. Moreno acep-ta la acusaci—n tejana de la dictadura santanista en 1835, cuandogobernaba Miguel Barrag‡n; s—lo fue dictador de 1841 a 1843 yde 1853 a 1855. Se habla de embajadores, en lugar de ministrosextranjeros, pues las representaciones de todos los pa’ses no fue-ron elevadas a categor’a de embajadas sino mucho m‡s tarde.TambiŽn habr’a que eliminar las afirmaciones de que el obispode Puebla bendijo la bandera norteamericana y hosped— a losinvasores, y que Scott Òlleg— a la plaza de la Constituci—n entrev’tores y aplausos provenientes de los balcones repletos de arist—-cratas y de buena parte del sector adinerado del pa’sÓ (p. 12). El diario de Carlos Mar’a de Bustamante, que vivi— ese amargod’a, no lo menciona, y por otras fuentes sabemos que casi todoshab’an abandonado la ciudad. La interpretaci—n de Moreno debe derivar de la idea posterior de algunos pol’ticos tradicio-nalistas que, impresionados por la capacidad de Scott para co-brar impuestos e imponer el orden, trataron de retenerlo. Enrealidad los m‡s acusados de traici—n fueron los federalistas radicales, por su admiraci—n hacia Estados Unidos y por ocuparalgunos cargos durante la ocupaci—n.A pesar de que en su bibliograf’a se incluye el libro MŽxico altiempo de su guerra con Estados Unidos, no parece haberlo le’do, puesdurante la guerra. TambiŽn se habr’a dado cuenta de que la declaraci—n de neutralidad de Yucat‡n la dict— el pragmatismo:evitar que los norteamericanos bloquearan los puertos yucatecos,algo esencial para una regi—n cuyos alimentos depend’an del exterior.El t’tulo mismo del libro, MŽxico mutilado / La raza malditacausa escozor. No cabe duda que ha resultado atractivo para laventa, pero preocupa a los interesados en la reeducaci—n de losmexicanos. Convencida de que el complejo de inferioridad delos mexicanos deriva de la carga hist—rica que provoc— el pobredesempe–o que el pa’s tuvo durante aquella guerra, s—lo podr’acombatirse con una narraci—n honesta que explicara por quŽ eraimposible ganarla ante la inferioridad de recursos, de armas y del ejŽrcito, y de nuestros aliados. Podr’amos subrayar que MŽxico se neg— a rendirse a pesar de las costosas derrotas. Hasido nefasto historiar el evento empe–ados en encontrar culpa-bles. Individuos como Paredes debilitaron a la naci—n, pero sutraici—n s—lo facilit— la derrota. Como los partidos pol’ticos, queoptaron por acusarse unos a otros, los federalistas radicales acusaron a los tradicionalistas por haber impedido eliminar lasinstituciones ÒcaducasÓ heredadas del virreinato. A su vez, lostradicionalistas acusaron a los federalistas de haber debilitadoa la naci—n al Òcopiar la constituci—n norteamericanaÓ, sin aceptar que el federalismo mexicano hab’a sido la respuesta alregionalismo generado durante el virreinato.La guerra era inevitable y, como todas las de conquista, in-justificable. La asimetr’a asegur— la victoria para la naci—n queestaba en expansi—n y con instituciones m‡s s—lidas. MŽxico, enproceso de la dif’cil transici—n para construir un Estado, se vioamenazado por el monarquismo europeo y el expansionismonorteamericano. Sin duda, perdimos ese enorme territorio porque no lo pudimos poblar. Lo parad—jico es que lo hemospoblado cuando ya no era nuestro.Desasosiega la versi—n y el mensaje que trasmite este libro aun pœblico desconcertado y lleno de incertidumbres ante las dificultades que la nueva transici—n nos presenta. Me queda eltemor de que sirva para abonar el cinismo o la decepci—n. Esoes algo que le quita el sue–o a cualquier educador que sigue confiando y no se rinde a la moda de hablar mal de MŽxico.