SARTRE - A PUERTA CERRADA - U-Cursos

Librodot A puerta cerrada Jean Paul Sartre Librodot 6 6 ESCENA 1 GARCIN - EL CAMARERO del piso (Un salón estilo Segundo Imperio. Una estatua de bronce sobre la chimenea.)


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Pieza en un acto
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Traducción de AURORA BERNÁRDEZ
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INÉS ESTELLE GARCIN EL CAMARERO A PUERTA CERRADA se representó por primera vez en el teatro del Vieux Colombier en mayo de 1944.
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Librodot EL CAMARERO. - ¿Cómo puede usted creer en esas burradas? Gentes que nunca han puesto aquí los pies. Porque si hubieran venido... GARCIN. - Sí. (Ríen los dos.) GARCIN (poniéndose serio de golpe). - ¿Dónde están las palas? EL CAMARERO. - ¿Qué? GARCIN. - Las palas, las parrillas, los fuelles de cuero. EL CAMARERO. - ¿Quiere reírse? GARCIN (mirándolo). - ¿Eh? Ah, bueno. No, no quería reírme. (Una pausa. Se pasea.) Ni espejos ni ventanas, naturalmente, nada frágil. (Con una violencia súbita.) ¿Y por qué me han quitado e! cepillo de dientes? EL CAMARERO. - Y ahí está. Ahí le vuelve la dignidad humana. Es formidable. GARCIN (golpeando colérico el brazo del sillón.) - Le ruego que se ahorre sus familiaridades. No ignora nada de mi situación, pero no soportaré que usted... EL CAMARERO. - ¡Vaya! Discúlpeme. Qué quiere, todos los clientes hacen la misma pregunta. Empiezan: "¿Dónde están las palas?" En ese momento le juro que no piensan en hacer-se el tocado. Y apenas se tranquilizan aparece el cepillo de dientes. Pero por el amor de Dios, ¿no pueden ustedes reflexionar? Pues dígame, ¿para qué habían de cepillarse los dientes? GARCIN (calmado). - Sí, en efecto, ¿para qué? (Mira a su alrededor.) ¿Y para qué mirarse en los espejos? En cambio la estatua, enhorabuena... Me imagino que habrá ciertos momentos en que me la comeré con los ojos. Con los ojos, ¿eh? Vamos, vamos, no hay nada que ocultar; le digo que no ignoro nada de mi situación. ¿Quiere que le cuente cómo
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Librodot Un pequeño relámpago negro, una cortina que cae y se levanta: el corte ya está. El ojo se humedece, el mundo se aniquila. No puede usted saber qué refrescante era. Cuatro mil reposos en una hora. Cuatro mil pequeñas evasiones. Y cuando digo cuatro mil... ¿Entonces voy a vivir sin párpados? No se haga el imbécil. Sin párpados, sin sueño, es todo uno. No dormiré más... ¿Pero cómo podré soportarme? Trate de comprender, haga un esfuerzo; soy de carácter chinchoso, sabe, y... tengo la costumbre de embromarme. Pero..., pero no puedo embromarme sin des-canso; allá había noches. Yo dormía. Tenía sueños delicados. Por compensación. Me obligaba a tener sueños simples. Había una pradera... Una pradera, nada más. Soñaba que paseaba por ella. ¿Es de día? EL CAMARERO. - Ya lo ve usted, las lámparas están encendidas. GARCIN. - Diablos. Éste es el día de ustedes. ¿Y afuera? EL CAMARERO (estupefacto). - ¿Afuera? GARCIN. - ¡Afuera! ¡Del otro lado de estas paredes! EL CAMARERO. - Hay un corredor. GARCIN. - ¿Y al final del corredor? EL CAMARERO. - Hay otros cuartos y otros corredores y es-caleras. GARCIN. - ¿Y después? EL CAMARERO - Eso es todo. GARCIN. - Tendrá usted un día de salida. ¿Adónde va? EL CAMARERO. - A ver a mi tío, que es jefe de camareros en el tercer piso. GARCIN. - Hubiera debido sospechármelo. ¿Dónde está el interruptor? EL CAMARERO. - No hay. GARCIN. - ¿Y entonces no se puede apagar la luz?
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Librodot GARCIN. - No, nada. (Va a la chimenea y toma el cortapapel.) ¿Qué es esto? EL CAMARERO. - Ya lo ve: un cortapapel. GARCIN. - ¿Hay libros aquí? EL CAMARERO. - No. GARCIN. - ¿Entonces para qué sirve? (El CAMARERO se encoge de hombros.) Está bien. Váyase. (El CAMARERO sale.) ESCENA II GARCIN, solo. (GARCIN se acerca a la estatua y la acaricia con la mano. Se sienta. Se levanta. Camina hasta el timbre y lo oprime. El timbre no suena. Prueba dos o tres veces. Pero en vano. Entonces se dirige a la puerta y trata de abrirla. La puerta se resiste. Llama.) GARCIN. - ¡Camarero! ¡Camarero! (No hay respuesta. Propina una granizada de puñetazos a la puerta llamando. al camarero. Luego se calma súbitamente y va a sentarse. En ese momento, re abre la puerta y entra INÉS, seguida por el CAMARERO.) ESCENA III GARCIN - INÉS - EL CAMARERO EL CAMARERO (a GARCIN). - ¿Usted había llamado? (GARCIN se acerca para responder, pero echa una mirada a INÉS.)
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Librodot INÉS. - Tiene cara de miedo. GARCIN. - ¿Miedo? Es muy gracioso. ¿Y de quién? ¿De las víctimas? INÉS. - ¡Vamos! Yo sé lo que digo. Me he mirado en el espejo. GARCIN. - ¿En el espejo? (Mira a su alrededor.) Es un fastidio: han sacado todo lo que podía parecerse a un espejo. (Pausa.) En todo caso, puedo asegurarle que no tengo miedo. No tomo la situación a la ligera y me hago cargo de su gravedad. Pero no tengo miedo. INÉS (encogiéndose de hombros), - Eso es cosa suya. (Pausa.) ¿Y de vez en cuando sale a dar una vuelta afuera? GARCIN. - La puerta está cerrada con llave. INÉS. - Paciencia. GARCIN. - Comprendo muy bien que mi presencia la importune. Y personalmente preferiría quedarme solo; tengo que poner mi vida en orden y necesito concentrarme. Pero estoy seguro de que podremos adaptarnos el uno al otro: no hablo, no me muevo y hago poco ruido. Sólo que, si puede permitirme un consejo, tendremos que mantener entre nos-otros una extremada cortesía. Será nuestra mejor defensa. INÉS. - No soy cortés. GARCIN. - Entonces lo seré yo por los dos. (Silencio. GARCIN está sentado en el canapé. INÉS se pasea de un extremo al otro del aposento.) INÉS (mirándolo). - La boca. GARCIN (saliendo de su ensueño). - ¿Cómo dice? INÉS. - ¿No podría parar la boca? Gira como un trompo de-bajo de su nariz.
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Librodot ESTELLE. - No lo tomaba por el verdugo. Yo... Creí que alguien quería hacerme una broma. (Al CAMARERO.) ¿A quién esperan ustedes todavía? EL CAMARERO. - No vendrá nadie más. ESTELLE (aliviada). - ¡Ah! ¿Entonces nos quedaremos solos, el señor, la señora y yo? (Se echa a reír.) GARCIN (secamente). - No sé a qué viene la risa. ESTELLE (siempre riendo). - Pero esos canapés son tan feos. Y mire cómo los han dispuesto; me parece que es primero de año y que estoy de visita en casa de mi tía Marie. Cada uno tiene el suyo, supongo. ¿Éste es el mío? (Al CAMARERO.) Pero nunca podré sentarme encima, es una catástrofe: estoy de azul claro y es verde espinaca. INÉS. - ¿Quiere usted el mío? ESTELLE. - ¿El canapé bordeaux? Es usted muy gentil, pero no resultaría mejor. No, ¿qué quiere usted? Cada uno tiene su suerte: me tocó el verde, y me quedo con él. (Una pausa.) En rigor, el único que convendría es el del señor. (Silencio.) INÉS. - ¿Lo oye usted, Garcin? GARCIN (sobresaltándose). - ¡El canapé! ¡Oh! Perdón. (Se levanta.) Es suyo, ESTELLE. Gracias. (Se quita el abrigo y lo arroja sobre el canapé. Una pausa.) Presentémonos, ya que hemos de vivir juntos. Soy Estelle Rigault. (GARCIN se inclina y va a dar su nombre, pero INÉS pasa delante de él.) INÉS. - Inés Serrano. Encantadísima. (GARCIN se inclina de nuevo.)
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Librodot INÉS. - Gas. ESTELLE. - ¿Y usted, señor? GARCIN. - Doce balas en el pellejo. (Gesto de ESTELLE.) Discúlpeme, no soy un muerto recomendable. ESTELLE. - ¡Oh, estimado señor, si por lo menos consintiera usted en no usar palabras tan crueles! Es..., es chocante. Y al fin, ¿qué quiere decir esto? Quizá nunca hemos estado tan vivos. Si no hay más remedio que nombrar este... estado de cosas, propongo que nos llamemos ausentes, será más correcto. ¿Hace mucho que está usted ausente? GARCIN. - Un mes más o menos. ESTELLE. - ¿De dónde es usted? GARCIN. - De Río. ESTELLE. - Yo de París. ¿Todavía le queda alguien allá? GARCIN. - Mi mujer. (El mismo juego que ESTELLE.) Ha ido al cuartel como todos los días; no la han dejado entrar. Mira entre los barrotes de la verja. Todavía no sabe que estoy ausente, pero se lo sospecha. Ahora se marcha. Está toda de negro. Mejor, no tendrá necesidad de cambiarse. No llora, no lloraba nunca. Hay un lindo sol y ella está toda de negro en la calle desierta, con sus grandes ojos de víctima. ¡Ah! Me irrita. (Silencio. GARCIN va a sentarse en el canapé del centro y apoya la cabeza entre las manos.) INÉS. - ¡Estelle! ESTELLE. - ¡Señor, señor Garcin!
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Librodot arremangado la camisa por encima del codo. Hay olor a hombre y a cigarro. (Silencio.) Me gustaba vivir entre hombres en mangas de camisa. ESTELLE (secamente). - Bueno, no tenemos los mismos gustos. Es lo que eso prueba. (A INÉS.) ¿A usted le gustan los hombres en camisa? INÉS. - En camisa o no, no me gustan mucho los hombres. ESTELLE (mira a los dos con estupor). - ¿Pero por qué, por qué nos han reunido? INÉS (con un estallido sofocado). - ¿Qué dice usted? ESTELLE. - Los miro a los dos y pienso que vamos a estar juntos... Me esperaba encontrar amigos, familiares. INÉS. - Un excelente amigo con un agujero en medio de la cara. ESTELLE. - Aquél también. Bailaba el tango como un profesional. Pero a nosotros, ¿por qué nos han reunido? GARCIN. - Bueno, es el azar. Acomodan a la gente donde pueden, por orden de llegada. (A INÉS.) ¿Por qué se ríe? INÉS. - Porque usted me divierte con su azar. ¿Tiene tanta necesidad de tranquilizarse? No dejan nada librado al azar. ESTELLE 'tímidamente). - ¿Pero acaso nos hemos encontrado antes? INÉS. - Nunca. No me hubiera olvidado de usted. ESTELLE (tímidamente). - Entonces, ¿tenemos relaciones comunes? ¿No conoce usted a los Dubois-Seymour? INÉS. - Ni por casualidad. ESTELLE. - Reciben a todo el mundo. INÉS. - ¿Qué hacen?
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Librodot ESTELLE. - No puedo soportar que esperen algo de mí. En seguida me dan ganas de hacer lo contrario. INÉS. - ¡Bueno, hágalo! ¡Hágalo! No sabe siquiera lo que quieren. ESTELLE (golpeando con el pie). - Es insoportable. ¿Y ha de sucederme por intermedio de ustedes dos? (Los mira.) Por intermedio de ustedes dos. Había caras que me hablaban en seguida. Y las suyas no me dicen nada. GARCIN (bruscamente a INÉS). - Bueno, ¿por qué estamos juntos? Ha dicho usted demasiado, termine. INÉS (asombrada.) - Pero si no sé absolutamente nada. GARCIN. - Es preciso saberlo. (Reflexiona un momento.) INÉS. - Si por lo menos cada uno de nosotros tuviera el valor de decir... GARCIN. - ¿Qué? INÉS. - ¡Estelle! ESTELLE. - ¿Qué? INÉS. - ¿Qué hizo usted? ¿Por qué la han mandado aquí? ESTELLE (vivamente). - Pero si no sé, no sé absolutamente nada. Hasta me pregunto si no será un error. (A INÉS.) No sonría. Piense en la cantidad de gente que... que se ausenta por día. Vienen aquí miles y sólo tienen que tratar con subalternos, con empleados sin instrucción. ¿Cómo quiere usted que no haya errores? Pero no sonría. (A GARCIN.) Y usted diga algo. Se han equivocado en mi caso, pudieron equivocarse en el suyo. (A INÉS.) Y en el suyo también. ¿No es preferible creer que estamos aquí por equivocación?
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Librodot nunca se condena a la gente por nada. ESTELLE. - Cállese. INÉS. - ¡En el infierno! ¡Condenados! ¡Condenados! ESTELLE. - Cállese. ¿Quiere callarse? Le prohíbo que emplee palabras groseras. INÉS. - Condenada, la santita. Condenado, el héroe sin reproche. Tuvimos nuestra hora de placer, ¿no es cierto? Hubo gentes que sufrieron por nosotros hasta la muerte y eso nos divertía mucho. Ahora hay que pagar. GARCIN (con la mano levantada). - ¿Se callará usted? INÉS (lo mira sin miedo, pero con una inmensa sorpresa). - ¡Ah! (Una pausa.) ¡Espere! ¡He comprendido; ya sé por qué nos metieron juntos! GARCIN. - Tenga cuidado con lo que va a decir. INÉS. - Ya verán qué tontería. ¡Una verdadera tontería! No hay tortura física, ¿verdad? Y sin embargo estamos en el infierno. Y no ha de venir nadie. Nadie. Nos quedaremos hasta el fin solos y juntos. ¿No es así? En suma, alguien falta aquí: el verdugo. GARCIN (a media voz). - Ya lo sé. INÉS. - Bueno, pues han hecho una economía personal. Eso es todo. Los mismos clientes se ocupan del servicio, como en los restaurantes cooperativos. ESTELLE. - ¿Qué quiere usted decir? INÉS. - El verdugo es cada uno para los otros dos. (Una pausa. Digieren la noticia.) GARCIN (con voz suave). - No seré verdugo de ustedes. No les deseo ningún mal y no tengo nada que ver con ustedes. Nada. Es sencillísimo. Será así: cada uno en su rincón; es la farsa. Usted ahí, usted ahí y yo aquí. Y silencio. Ni una palabra; no es difícil,
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Librodot Dans la rue des Blancs-Manteaux. Sont v'nues des dames comme il faut Avec des beaux affutiaux Mais la téte leur f'sait défaut Elle avait roulé de son haut La téte avec le chapeau Dans le ruisseau des Blancs-Manteaux(Entretanto, ESTELLE se pone polvos y rouge. Para empolvarse busca un espejo a su alrededor con aire inquieto. Hurga en su bolso y luego se vuelve hacia GARCIN.) ESTELLE. - Señor, ¿tiene usted un espejo? (GARCIN no responde.) Un espejo, un espejito de bolsillo, cualquier cosa. (GARCIN no responde.) Ya que me deja sola, por lo menos consígame un espejo. (GARCIN sigue con la cabeza entre las manos, sin responder.) INÉS (solícita). - Yo tengo un espejo en mi bolso. (Busca en el bolso. Con despecho.) Ya no lo tengo. Me lo habrán quitado en los tribunales. ESTELLE. - ¡Qué fastidio! (Una pausa. Cierra los ojos y vacila. INÉS se precipita y la sostiene.) INÉS. - ¿Qué le pasa?
En la calle des Blancs-Manteaux / levantaron un tablado / y llena-ron un balde de salvado / y era un cadalso / en la calle des Blancs-Manteaux. En la calle des Blancs-Manteaux / el verdugo madrugó / porque tenía trabajo: / decapitar generales, / obispos, almirantes, / en la calle des Blancs-Manteaux. A la calle des Blancs-Manteaux / llegaron señoras distinguidas / con lindas baratijas / pero les faltaba la cabeza / había rodado / la cabeza y el sombrero / en la calle des Blancs-Manteaux.
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Librodot INÉS. - Yo te veo. Toda entera. Hazme preguntas. No habrá espejo más fiel. (ESTELLE, molesta, se vuelve hacia GARCIN como para pedirle ayuda.) ESTELLE. - ¡Señor! ¡Señor! ¿No lo molestamos con nuestra charla? (GARCIN no responde.) INÉS. - Déjalo; ya no interesa; estamos solas. Pregúntame. ESTELLE. - ¿Me he puesto bien el rouge en los labios? INÉS. - Déjame ver. No muy bien. ESTELLE. - Me lo sospechaba. Afortunadamente (echando una ojeada a GARCIN) nadie me ha visto. Voy a ponerme de nuevo. INÉS. - Está mejor. Sigue el dibujo de los labios; te guiaré. Así, así. Está bien. ESTELLE. - ¿Tan bien como hace un rato, cuando entré? INÉS. - Mejor; más pesado, más cruel. Tu boca de infierno. ESTELLE. - ¡Hum! ¿Y está bien? Qué irritante, no puedo ya juzgar por mí misma. ¿Me jura que está bien? INÉS. - ¿No quieres que nos tuteemos? ESTELLE. - ¿Me juras que está bien? INÉS. - Estás hermosa. ESTELLE. - ¿Pero tiene usted gusto? ¿Tiene mi gusto? ¡Qué irritante, qué irritante! INÉS. - Tengo tu gusto, puesto que me gustas. Mírame bien. Sonríeme. Yo tampoco soy fea. ¿No valgo más que un espejo? ESTELLE. - No sé. Usted me intimida. Mi imagen en los espejos estaba domesticada. La conocía tan bien... Voy a son-reír: mi sonrisa irá hasta el fondo de sus
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Librodot ¿Ahora me dejarán? No me importan ustedes. INÉS. - ¿Y la chiquita, le importa? He visto su manejo: para interesarla se da esos grandes aires. GARCIN. - Le digo que me deje. Alguien habla de mí en el periódico y quisiera escuchar. Me río de la chiquita, si eso puede tranquilizarla. ESTELLE. - Gracias. GARCIN. - No quería ser grosero... ESTELLE. - ¡Bruto! (Una pausa. Están de pie, unos frente a otros.) GARCIN. - Y ahí está. (Una pausa.) Les había suplicado que se callaran. ESTELLE. - Ella fue la que empezó. Vino a ofrecerme su espejo y yo no le pedía nada. INÉS. - Nada. Sólo que te frotabas contra él y le hacías guiños para que te mirara. ESTELLE. - ¿Y qué? GARCIN. - ¿Están locas? Entonces no ven a dónde vamos. ¡Pero cállense! (Una pausa.) Nos sentaremos de nuevo tranquilamente, cerraremos los ojos y cada uno tratará de olvidar la presencia de los demás. (Una pausa, se sienta de nuevo. Ellas regresan a su sitio con paso vacilante. INÉS se vuelve bruscamente.) INÉS. - ¡Ah, olvidar! ¡Qué chiquillada! Lo siento a usted has-ta en los huesos. Su silencio me grita en las orejas. Puede coserse la boca, puede cortarse la lengua, ¿eso le impedirá existir? ¿Detendrá su pensamiento? Lo oigo, hace tic tac, como un despertador y sé que usted oye el mío. Es inútil que se arrincone en su canapé, está usted en todas partes;
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Librodot piensa de mí ha vuelto a su cabeza. Bueno, tendremos que llegar hasta el fin. Desnudos como gusanos: quiero saber con quién tengo que tratar. INÉS. - Usted lo sabe. Ahora lo sabe. GARCIN. - Mientras cada uno de nosotros no haya confesado por qué lo han condenado, no sabremos nada. Tú, rubia, empieza. ¿Por qué? Dinos por qué: tu franqueza puede evitar catástrofes; cuando conozcamos nuestros monstruos... Vamos, ¿por qué? ESTELLE. - Le aseguro que lo ignoro. No han querido decírmelo. GARCIN. - Lo sé. A mí tampoco han querido contestarme. Pero me conozco. ¿Tienes miedo de hablar primero? Muy bien. Voy a empezar. (Silencio.) No soy muy lindo. INÉS. - Vamos. Ya se sabe que ha desertado. GARCIN. - Deje. No hable nunca de eso. Estoy aquí porque he torturado a mi mujer. Eso es todo. Durante cinco años. Por supuesto, todavía sufre. Ahí está; en cuanto hablo de ella, la veo. Gómez es el que me interesa y a ella es a quien veo. ¿Dónde está Gómez? Durante cinco años. Mire, le han entregado mis efectos; está sentada cerca de la ventana y ha puesto mi chaqueta sobre sus rodillas. La chaqueta de los doce agujeros. La sangre parece herrumbre. Los bordes de los agujeros están chamuscados. ¡Ah! Es una pieza de museo, una chaqueta histórica. ¡Y yo la he llevado! ¿Llorarás? ¿Acabarás por llorar? Yo volvía borracho como un cerdo, oliendo a vino y a mujer. Ella me había esperado toda la noche; no lloraba. Ni una palabra de reproche, naturalmente. Sólo sus ojos. Sus grandes ojos. No lamento nada. Pagaré, pero no lamento nada. Nieva fuera. ¿Pero llorarás? Es una mujer que tiene vocación de martirio. INÉS (casi dulcemente). - ¿Por qué la hizo sufrir?
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Librodot INÉS. - Tres. GARCIN. - ¿Un hombre y dos mujeres? INÉS. - Sí. GARCIN. - Vaya. (Silencio.) ¿Él se mató? INÉS. ¿Él? Era incapaz. Sin embargo, no es porque no hubiera sufrido. No: lo aplastó un tranvía. ¡Una jarana! Yo vivía en casa de ellos, era mi primo. GARCIN. - ¿Florence era rubia? INÉS. - ¿Rubia? (Mirando a ESTELLE.) ¿Sabe?, no lamento nada. Pero no me divierte tanto contar esta historia. GARCIN. - ¡Vamos, vamos! ¿Estaba usted harta de él? INÉS. - Poco a poco. Una palabra aquí, otra allá. Por ejemplo, hacía ruido al beber; soplaba por la nariz en 'l vaso. Naderías ¡Oh! Era un pobre tipo, vulnerable. ¿Por qué se sonríe? GARCIN. - Porque yo no soy vulnerable. INÉS. - Habrá que verlo. Me deslicé en Florence, ella lo vio por mis ojos... Para terminar, cayó en mis brazos. Alquilamos una habitación en el otro extremo de la ciudad. GARCIN. - ¿Y entonces? INÉS. - Entonces fue lo del tranvía. Yo le decía todos los días: bueno, nenita, lo hemos matado. (Silencio.) Soy mala. GARCIN. - Sí. Yo también. INÉS. - No, usted no es malo. Es otra cosa. GARCIN. - ¿Qué? INÉS. - Se lo diré más adelante. Yo soy mala; quiere decir que necesito el sufrimiento de los demás para existir. Una antorcha. Una antorcha en los corazones.
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Librodot ESTELLE. - Déjenme tranquila. Me asustan. ¡Quiero irme! ¡Quiero irme! (Se precipita hacia la puerta y la sacude.) GARCIN. - Vete. No pido nada mejor. Sólo que la puerta está cerrada desde afuera. (ESTELLE oprime el timbre; la campanilla no suena. INÉS y GARCIN se ríen. ESTELLE se vuelve hacia ellos, apoyada en la puerta.) ESTELLE (con voz ronca y lenta). - Son ustedes innobles. INÉS. - Perfectamente innobles. ¿Y? Así que el tipo se mató por ti. ¿Era tu amante? GARCIN. - Por supuesto que era su amante. Y quiso tenerla para él solo. ¿No es cierto? INÉS. - Bailaba el tango como un profesional, pero era pobre, me lo imagino. (Un silencio.) GARCIN. - Te preguntan si era pobre. ESTELLE. - Sí, era pobre. GARCIN. - Y además, tenías que cuidar tu reputación. Un día fue, te suplicó y tú te reíste. INÉS. - ¿Eh? ¿Eh? ¿Te reíste? ¿Por eso se mató? ESTELLE. -¿Con esos ojos mirabas a Florence? INÉS. - Sí. (Una pausa. ESTELLE se echa a reír.) ESTELLE. - Se equivocan. (Se endereza y los mira siempre apoyada en la puerta. En tono seco y provocativo:) Quería hacerme un hijo ¿Ahora están contentos?
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Librodot GARCIN. - Sí. (Arroja la chaqueta sobre el canapé.) No debe guardarme rencor, Estelle. ESTELLE. - No le guardo rencor. INÉS. - ¿Y a mí? ¿Me guardas rencor? ESTELLE. - Sí. (Un silencio.) INÉS. - ¿Y qué, Garcin? Ya estamos desnudos como gusanos; ¿ve usted más claro? GARCIN. - No sé. Quizá un poco más claro. (Tímidamente.) ¿No podríamos intentar ayudarnos unos a otros? INES. - No necesito ayuda. GARCIN. - Inés, han embrollado todos los hilos. Si usted hace el menor gesto, si levanta la mano para abanicarse, Estelle y yo sentimos la sacudida. Ninguno de nosotros puede salvarse solo; tenemos que perder juntos o salir juntos del apuro. Elija (Una pausa.) ¿Qué pasa? INÉS. - Lo han alquilado. Las ventanas están abiertas de par en par, hay un hombre sentado en mi cama. ¡Lo han alquilado! ¡Lo han alquilado! Entre, entre, no se moleste. Es una mujer. Se le acerca y le pone las manos sobre los hombros. ¿Qué esperan para encender las luz?, ya no se ve nada; ¿van a besarse? ¡Ese cuarto es mío! ¡Es mío! ¿Por qué no encienden la luz? Ya no puedo verlos. ¿Qué cuchichean? ¿La acariciará sobre mi cama? Ella le dice que es mediodía y que hay mucho sol. Entonces me estoy volviendo ciega. (Una pausa.) Se acabó. Nada más: ya no veo, ya no oigo. Bueno supongo que terminé con la tierra. No más coartada. (Se estremece.) Me siento vacía. Ahora estoy
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Librodot Abra las manos, suelte la presa. Si no, hará la desgracia de los tres. INÉS. - ¿Tengo cara de soltar la presa? Sé lo que me espera. Voy a arder, ardo y sé que no habrá fin; lo sé todo: ¿cree que soltaré la presa? Caerá en mis manos, ella lo verá a usted por mis ojos, como Florence veía al otro. ¿Qué viene a hablarme de su desgracia? Le digo que lo sé todo y ni siquiera puedo tener compasión de mí. Un lazo, ¡ah!, un lazo. Naturalmente, caí en el lazo. ¿Y qué? Mejor si están contentos. GARCIN (tomándola por el hombro). - Yo puedo tener compasión de usted. Míreme: estamos desnudos. Desnudos hasta los huesos, y la conozco hasta el corazón. Es un vínculo: ¿cree usted que querría hacerle daño? No lamento nada, no me quejo; también yo estoy seco. Pero de usted puedo tener compasión. INÉS (que se ha abandonado mientras GARCIN hablaba, se sacude). - No me toque. Detesto que me toquen. Y guárdese su compasión. ¡Vamos! Garcin, también hay muchos lazos tendidos para usted en este cuarto. Para usted. Prepara-dos para usted. Haría mejor en ocuparse de sus asuntos. (Una pausa.) Si nos deja bien tranquilas, a la pequeña y a mí, me cuidaré de no perjudicarlo. GARCIN (la mira un momento, luego se encoge de hombros). - Está bien. ESTELLE (alzando la cabeza). - Socorro, Garcin, GARCIN. - ¿Qué quiere usted de mí? ESTELLE levantándose y acercándosele). - A mí puede ayudarme. GARCIN. - Diríjase a ella. (INÉS se ha acercado y se sitúa muy cerca de ESTELLE, por detrás, sin tocarla. Durante las réplicas siguientes, le hablará casi al oído. Pero ESTELLE, de cara a GARCIN que la mira sin hablar, responde únicamente a éste como si fuera él quien la interrogara.)
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Librodot Pierre, piensa sólo en mí, defiéndeme; mientras pienses: mi aguaviva, mi querida aguaviva, estoy aquí sólo a medias, soy culpable sólo a medias, soy aguaviva allá, junto a ti. Olga está roja como un tomate. Vamos, es imposible: cien veces nos hemos reído de ella juntos. ¿Qué es esa tonada, que me gustaba tanto? ¡Ah! Es Saint Louis Blues... Bueno, bailad, bailad. Garcin, se divertiría usted si pudiera verla. Nunca sabrá que la veo. Te veo, te veo, con el peinado deshecho, la cara extasiada, veo que le pisas los pies. ¡Es para morirse de risa! ¡Vamos! ¡Más rápido! ¡Más rápido! Él la tironea, la empuja. Es indecente. ¡Más rápido! Pierre que me decía: usted es tan ligera. ¡Vamos, vamos! (Baila mientras habla.) Te digo que te veo. A ella le da lo mismo, baila a través de mi mi-rada. ¡Nuestra querida Estelle! ¿Qué, nuestra querida Estelle? ¡Ah! Cállate. Ni siquiera derramaste una lágrima en los funerales. Ella le ha dicho "nuestra querida Estelle". Tiene el tupé de hablarle de mí. ¡Vamos! Al compás. No es de las que podrían hablar y bailar a la vez, Pero qué... ¡No! ¡No! ¡No se lo digas! Te lo abandono, llévatelo, guárdatelo, haz lo que quieras con él, pero no le digas... (Deja de bailar.) Bueno. Ahora puedes guardártelo. Le ha dicho todo, Garcin: lo de Roger, el viaje a Suiza, el niño, le ha contado todo. "Nuestra querida Estelle no era..." No, no, en efecto, yo no era... Él menea la cabeza con aire triste, pero no puede decirse que la noticia lo haya trastornado. Guárdatelo ahora. No te disputaré sus largas pestañas ni su aire de mujer. ¡Ah! Me llamaba su aguaviva, su cristal. Bueno, el cristal se hizo añicos. "Nuestra querida Estelle." ¡Bailad, bailad, vamos! Al compás. Uno, dos. (Baila.) Lo daría todo en el mundo para volver a la tierra un instante, un solo instante, y bailar. (Baila; una pausa.) Ya no oigo muy bien. Han apagado las lámparas como para un tango; ¿por qué tocan con sordina? ¡Más fuerte! ¡Qué lejos está! Ya. .. Ya no oigo absolutamente nada. (Deja de bailar.) Nunca más. La tierra me ha abandonado. (INÉS hace a GARCIN una seña
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Librodot me sueltes? ¡Toma! (Le escupe en la cara.) (INÉS la suelta bruscamente.) INÉS. - ¡Garcin! Usted me las pagará. (Una pausa. GARCIN se encoge de hombros y va hacia ESTELLE.) GARCIN. - ¿Así que quieres un hombre? ESTELLE. - Un hombre, no. Tú. GARCIN. - Nada de historias. Cualquiera serviría. Me encuentro aquí, soy yo. Bueno. (La toma de los hombros.) No tengo nada para agradarte, ya lo sabes: no soy un tontito y no bailo el tango. ESTELLE. - Te tomaré como eres. Quizá te cambie. GARCIN. - Lo dudo. Estaré... distraído. Tengo otros asuntos en la cabeza. ESTELLE. - ¿Qué asuntos? GARCIN. - No te interesarían. ESTELLE. - Me sentaré en tu canapé. Esperaré a que te ocupes de mí. INÉS (lanzando una carcajada). - ¡Ah, perra! ¡Al suelo! ¡Al suelo! ¡Y ni siquiera es guapo! ESTELLE (a GARCIN). - No la escuches. No tiene ojos, no tiene orejas. No cuenta. GARCIN. - Te daré lo que pueda. No es mucho. No te amaré: •te conozco demasiado. ESTELLE. - ¿Me deseas? GARCIN. - Sí.
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Librodot GARCIN. - Mucho me importa ella. (Una pausa.) Gómez está en el periódico. Han cerrado las ventanas; entonces es invierno. Seis meses. Hace seis meses que me han... ¿Te previne que a veces me distraería? Tiritan, se han dejado las chaquetas... Es gracioso que tengan tanto frío allá, y yo tanto calor. Esta vez habla de mí. ESTELLE. - ¿Durará mucho? (Una pausa.) Por lo menos cuéntame lo que dice. GARCIN. - Nada. No cuenta nada. Es un cochino, eso es todo. (Presta atención.) Un magnífico cochino. ¡Bah! (Vuelve a acercarse a ESTELLE.) ¿Volvemos a nosotros? ¿Me querrás? ESTELLE (sonriendo). - ¿Quién lo sabe? GARCIN. - ¿Tendrás confianza en mí? ESTELLE. -Valiente pregunta: estarás constantemente bajo mis ojos y no me engañarás con Inés. GARCIN. - Evidentemente. (Una pausa. Suelta los hombros de ESTELLE.) Hablaba de otra confianza. (Escucha.) ¡Anda, anda! Di lo que quieras: no estoy ahí para defenderme. (A ESTELLE.) Estelle, tienes que entregarme tu confianza. ESTELLE. - ¡Cuántas vueltas! Pero tienes mi boca, mis brazos, mi cuerpo entero, y todo podría ser tan sencillo... ¿Mi con-fianza? Pero yo no tengo confianza que entregar; me perturbas horriblemente. ¡Ah! Habrás hecho una buena barrabasada para reclamar de este modo mi confianza. GARCIN. - Me fusilaron. ESTELLE. - Lo sé: te habías negado a partir. ¿Y qué? GARCIN. - Yo... Ya no me había negado en absoluto. (A los invisibles.) Habla
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Librodot ESTELLE (despechada.) - Qué complicado eres. GARCIN. - Yo quería ser una prueba, había... había reflexionado durante mucho tiempo... ¿Son ésas las verdaderas razones? INÉS. - ¡Ah! Ahí está la pregunta. ¿Son ésas las verdaderas razones? Razonabas, no querías alistarte a la ligera. Pero el miedo, el odio y todas las suciedades que uno oculta son también razones. Vamos, busca, interrógate. GARCIN. - ¡Calla! ¿Crees que esperaba tus consejos? Caminaba por mi celda noche y día. De la ventana a la puerta, de la puerta a la ventana. Me espié. Me seguí el rastro. Me parece que pasé una vida entera interrogándome, pero qué, el acto estaba allí. Había... Había tomado el tren, eso era lo seguro. ¿Pero por qué? ¿Por qué? Al final pensé: mi muerte es lo que decidirá: si muero limpiamente, habré probado que no soy un cobarde... INES. - ¿Y cómo moriste, Garcin? GARCIN. - Mal. (INÉS lanza una carcajada.) ¡Oh! Fue un simple desfallecimiento corporal. No me da vergüenza. Sólo que todo quedó en suspenso para siempre. (A ESTELLE.) Ven aquí, tú. Mírame. Necesito que alguien me mire mientras hablan de mí en la tierra. Me gustan los ojos verdes. INÉS. - ¿Los ojos verdes? ¡Vean qué cosa! ¿Y a ti, Estelle, te gustan los cobardes? ESTELLE. - Si supieras que me da lo mismo. Cobarde o no, con tal de que bese bien. GARCIN. - Cabecean mientras chupan los cigarros; se aburren. Piensan: Garcin es un cobarde. Blandamente, débilmente. Cuestión de pensar aunque sea en algo. ¡Garcin es un cobarde! Eso es lo que han decidido mis compañeros. Dentro de seis meses dirán:
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Librodot ESTELLE (suavemente). - ¡Garcin! GARCIN. - ¿Estás ahí? Bueno, escucha, vas a hacerme un favor. No, no retrocedas. Ya lo sé: te parece raro que puedan pedirte ayuda, no estás acostumbrada. Pero si quisieras, si hicieras un esfuerzo, podríamos quizás querernos de verdad. Mira: mil repiten que soy un cobarde. ¿Pero qué son mil? ¡Si hubiera un alma, una sola, que afirmara con todas sus fuerzas que no he huido, que no puedo haber huido, que tengo coraje, que soy decente, estoy... estoy seguro de que me salvaría! ¿Quieres creer en mí? Te querría más que a mí mismo. ESTELLE (riendo). - ¡Idiota! ¡Querido idiota! ¿Piensas que podría querer a un cobarde? GARCIN. - Pero decías... ESTELLE. - Me burlaba de ti. Me gustan los hombres, Garcin, los hombres de verdad, de piel ruda, de manos fuertes. No tienes mentón de cobarde, no tienes la boca de un cobarde, no tienes la voz de un cobarde, tu pelo no es el de un cobarde. Y por tu boca, por tu voz, por tu pelo, es por lo que te quiero. GARCIN. - ¿Es cierto? ¿Es cierto de veras? ESTELLE. - ¿Quieres que te lo jure? GARCIN. - Entonces los desafío a todos, a los de allá y a los de aquí, Estelle, saldremos juntos del infierno. (INÉS lanza una carcajada. El se interrumpe y la mira.) ¿Qué hay? INÉS (riendo). - Pero si ella no cree una palabra de lo que dice. ¿Cómo puedes ser tan ingenuo? "Estelle, ¿soy un cobarde?" ¡Si supieras lo poco que le importa! ESTELLE. - ¡Inés! (A GARCIN.) No la escuches. Si quieres mi confianza tienes
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Librodot sola con ella. GARCIN. - Arréglatelas. No te pedí que vinieras. ESTELLE. - ¡Cobarde! ¡Cobarde! ¡Oh! ¡Es muy cierto que eres cobarde! INÉS (acercándose a ESTELLE). - Bueno, alondra mía, ¿no estás contenta? Me escupiste en la cara para agradarle y nos hemos peleado a causa de él. Pero se va, el aguafiestas; nos dejará entre mujeres. ESTELLE. - Tú no ganarás nada; si esa puerta se abre, me es-capo. INÉS. - ¿Adónde? ESTELLE. - A cualquier parte. Lo más lejos de ti que pueda. (GARCIN no ha cesado de dar golpes repetidos en la puerta.) GARCIN. - ¡Abran! ¡Abran, pues! Lo acepto todo: los borceguíes, el plomo derretido, las tenazas, el garrote, todo lo que quema, todo lo que desgarra; quiero padecer de veras. Antes cien mordiscos, antes el látigo, el vitriolo, que este padecimiento mental, este fantasma del sufrimiento que roza, que acaricia y nunca hace demasiado daño. (Toma el botón de la puerta y lo sacude.) ¿Abrirán? (La puerta se abre bruscamente y GARCIN está a punto de caer.) ¡Ah! (Largo silencio.) INÉS. - ¿Y qué, Garcin? Váyase. GARCIN (lentamente). - Me pregunto por qué se abrió esta puerta. INÉS. - ¿Qué espera? ¡Vaya, vaya pronto! GARCIN. - ¿Y tú, Estelle? (ESTELLE no se mueve; INÉS lanza una carcajada.) ¿Y? ¿Cuál? ¿Cuál de los tres? Hay vía libre, ¿quién nos retiene? ¡Ah! ¡Es para morirse de risa! Somos inseparables.
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Librodot terminado conmigo. Se acabó; el asunto está clasificado, ya no soy nadie en la tierra, ni siquiera un cobarde. Inés, estamos solos; sólo quedan ustedes dos para pensar en mí. Ella no cuenta. Pero tú, tú que me odias, si me crees, me salvas. INÉS. - No será fácil. Mírame: tengo la cabeza dura. GARCIN. - Pondré todo el tiempo necesario. INÉS. - ¡Oh! Cuentas con todo el tiempo. Todo el tiempo. GARCIN (tomándola de los hombros). - Escucha, cada uno tiene su objetivo, ¿no es cierto? Yo me reía del dinero, del amor. Quería ser un hombre. Un valiente. Lo aposté todo al mismo caballo. ¿Es posible ser un cobarde cuando se han escogido los caminos más peligrosos? ¿Puede juzgarse una vida por un solo acto? INÉS. - ¿Por qué no? Soñaste treinta años que tenías coraje y te perdonabas mil pequeñas debilidades porque todo está permitido al héroe. ¡Qué cómodo era! Y después, a la hora del peligro, te pusieron entre la espada y la pared y... tomaste el tren para México. GARCIN. - No soñé ese heroísmo. Lo escogí. Se es lo que se quiere. INÉS. - Pruébalo. Prueba que no era un sueño. Sólo los actos deciden acerca de lo que se ha querido. GARCIN. - He muerto demasiado pronto. No me dieron tiempo para ejecutar mis actos. INÉS. - Se muere siempre demasiado pronto -o demasiado tarde-. Y sin embargo la vida está ahí, terminada; trazada la línea, hay que hacer la suma. No eres nada más que tu vida. GARCIN. - ¡Víbora! Tienes respuesta para todo. INÉS. - ¡Vamos! ¡Vamos! No pierdas coraje. Ha de serte fácil persuadirme. Busca
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Librodot ESTELLE. - No la escuches; soy toda tuya. INÉS. - Bueno, ¿qué esperas? Haz lo que te dicen: Garcin el cobarde, tiene en sus brazos a Estelle, la infanticida. Se abren las apuestas. ¿Garcin el cobarde la besará? Os veo, os veo; yo sola soy una multitud, la multitud, Garcin, la multitud, ¿la oyes? (Murmurando.) ¡Cobarde! ¡Cobarde! ¡Cobarde! ¡Cobarde! En vano me huyes, no te soltaré. ¿Qué vas a buscar en sus labios? ¿El olvido? Pero yo no te olvidaré. A mí es a quien hay que convencer. A mí. ¡Ven, ven! Te espero. ¿Ves, Estelle? Afloja el abrazo, es dócil como un perro. ¡No lo tendrás! GARCIN. - ¿Pero nunca será de noche? INÉS. - Nunca. GARCIN. - ¿Me verás siempre? INÉS. - Siempre. (GARCIN abandona a ESTELLE y da unos pasos por la habitación. Se acerca a la estatua.) GARCIN. - La estatua... (La acaricia.) ¡Pues bien! Éste es el momento. La estatua está ahí, la contemplo y comprendo que estoy en el infierno. Os digo que todo estaba previsto. Habían previsto que me quedaría delante de esta chimenea, oprimiendo el bronce con la mano, con todas esas miradas sobre mí. Todas esas miradas que me devoran... (Se vuelve bruscamente.) ¡Ah! ¿No sois más que dos? Os creía mucho más numerosas. (Ríe.) Así que esto es el infierno. Nunca lo hubiera creído... ¿Recordáis?: el azufre, la hoguera, la parrilla... ¡Ah! Qué broma. No hay necesidad de parrillas; el infierno son los Demás. ESTELLE. - ¡Amor mío! GARCIN (rechazándola). - Déjame. Ella está entre nosotros. No puedo amarte

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